Cuando uno va a comprar un inmueble debe asegurarse de que está comprando lo que realmente quiere o necesita. En efecto, uno puede disponer del capital necesario y de todas las ganas y buena intención del mundo pero la inexperiencia puede jugar una mala pasada. En mi caso, aun no he tenido la oportunidad de comprar un inmueble propio y ciertamente nunca hubiese comprado uno como en el que vivo actualmente. La razón es muy simple, las cucarachas. Así como lo leen, estos insectos son los más molestos que uno pueda enfrentar, si me ofrecieran las picaduras de abejas, no me lo pensaría dos veces y aceptaría enseguida. Sucede que mi inmueble es una pequeña casa-departamento que se encuentra ubicado en un primer piso. Yo no lo sabía pero, a raíz de una conversación, con un amigo, me enteré de que las cucarachas son frecuentes en los primeros pisos de las casas y es raro verlas en las habitaciones correspondientes a un segundo o tercer piso. Tiene lógica, pues los primeros pisos están ubicados más cerca del desagüe, lugar común para las cucarachas. Justamente el amigo que me puso en conocimiento de esto me indicó que esa fue la razón principal por la cual se terminó mudando a un apartamento ubicado en el sexto piso de un edificio, él tampoco soportaba tener que lidiar a diario con las cucarachas.
Lo más anecdótico es que estos insectos gustan de salir por las noches, horas de poca luz en que pueden transitar con cierta comodidad por la casa sin ser advertidos, hasta cuando ya están casi al borde de nuestros zapatos. En esos momentos uno reacciona como si se tratase de una fiera que viene a atacarnos, resulta gracioso ver como alguien cientos de veces más grande y más fuerte se retira ante el avance de estos insectos. Es una extraña mezcla de miedo y asco, no sabría cómo definirla. Miedo puro no puede ser porque es un animal inofensivo, no posee veneno. Asco tampoco sería la palabra, pues otras cosas dan asco, como un gargajo en el suelo y no salimos corriendo. El hecho es que nos cuesta lidiar con las cucarachas, generalmente utilizamos escobas para matarlas, mientras más lejano sea nuestro ataque mejor, muy rara vez las matamos pisándolas. Otra cosa que he notado con estos insectos es que aparecen con mayor afluencia en los veranos, el calor hace que todos los insectos salgan y las cucarachas están en primera fila. Sin embargo uno ya no se puede confiar. En efecto, hace cosa de unos días me llevé un buen susto con uno de estos insectos y su inesperada irrupción en mis dominios. Como digo, en el invierno uno está tranquilo en su inmobiliario, sabe que apenas y se ven una o dos moscas en todo el verano, insectos rastreros, casi ninguno, quizá una despistada araña huyendo cuando se efectúa la limpieza del desván o una polilla extraviada como máximo.
Pero el otro día recibí el susto del año. Sucede que había llegado de noche a mi casa, fui el primero en llegar y encontré las luces apagadas, tal como las había dejado. Dejé mi maletín del gimnasio en la silla y fui directo a mi habitación. Prendí las luces y revisé mi teléfono a ver si tenía mensajes, sin novedad en el frente. Me desembaracé de mi ropa y de inmediato me metí a la ducha, me di un prolongado baño y enseguida salí con la bata de baño. Me senté en la cama y, de pronto, cuando iba a secarme los pies, recordé que mi amigo Oscar quedó en enviarme las fotos de la fiesta del fin de semana a mi correo. Desde hacía tres días estaba ansioso por ver esas fotos ya que había gastado algunas bromas durante dicha fiesta y quedaron registradas para la posteridad. Me dirigí entonces a mi ordenador y tomé asiento con cierta dificultad ya que el mueble que lo sostiene se encuentra ubicado de tal manera que yo quedo aprisionado entre éste y una de las paredes de mi inmobiliario. El ordenador se había quedado encendido descargando unas películas, sólo moví el ratón y allí estaba, apareció el mensaje de archivo nuevo recibido. Inmediatamente abrí el correo y revisé las fotos, estaban bastante graciosas, sobre todo una de ellas en que le había puesto un insecto de plástico a la bebida de uno de mis compañeros. Ahora el destino cobraría venganza en nombre de mi amigo.
Cuando terminé de revisar las fotos, jalé la base corrediza que soporta el teclado para responder el mensaje y de pronto vi que algo corría por mi izquierda. No me sobresalté porque pensé que se trataba de un insecto que se arrastraba por el piso, si era una cucaracha en esta época del año, seguramente aparecería como atontada, facilitando la labor de su eliminación. Me incliné ligeramente hacia mi izquierda tratando de ver el recorrido que seguía pero no vi nada en el piso. Me extrañó y al mismo tiempo me puso en guardia porque de haber sido cierta mi visión inicial, cabía la posibilidad de que la supuesta cucaracha no estuviera muy atontada que digamos. Aún reclinado sobre mi izquierda, seguí divisando, amplié mi campo visual pero sin resultados, debe haber sido mi imaginación –pensé- pero enseguida descarté la hipótesis pues no era verano, época en que esta paranoia se ve alimentada y uno ve movimiento por doquier. No había pasado ni dos segundos de mi sondeo, cuando de pronto recibí una segunda confirmación de movimiento, esta vez demasiado cercano como para registrar error.
¡Dios mío! Me puse en pie de un salto, la cucaracha correteó por el teclado a menos de 20 centímetros de distancia, me sentí atrapado sin salida. Por mi derecha tenía una de las paredes que me bloqueaba el paso, detrás de mí igual. Por izquierda un mueble de acero me cerraba el paso. Por el frente el repugnante enemigo con las alas a medio desplegar en síntoma de querer alzar vuelo en línea recta hacia mí. Apenas y disponía de una pequeña abertura de menos de un metro por donde debía pasar de costado. Un movimiento en falso y el insecto podía pegarse a mi cuerpo o, lo que es peor, internarse por entre la bata. Me pegué a la pared lo más que pude y solicité ayuda, era inútil, no había nadie más en mi casa. Nunca pensé que iba terminar recreando una escena de la cual siempre me burlé, aquella cuando las mujeres se suben en la silla ante la visión de un roedor correteando por el piso. Mandé al diablo mi orgullo y trepé en la silla, sin chillar, eso si. Una vez arriba, tomé impulso y literalmente volé sobre la cama que me quedaba a unos tres metros de distancia. Cuando caí de panza sobre la cama me sentí como un luchador profesional, fue un aterrizaje perfecto. Me revolví inmediatamente y vi que la cucaracha seguí en mi teclado. Era gigantesca, inmediatamente tomé el insecticida y lo rocié sin contemplaciones sobre teclado e insecto, el efecto fue instantáneo y la cucaracha cayó fulminada sobre el suelo. No conforme con eso, la aporreé varias veces con una escoba mientras daba gritos de guerra golpeándome el pecho. Fue uno de los asesinatos más placenteros del siglo XXI.