Como a nosotros: el jardín

Mi madre admiraba los jardines. Más propiamente las flores. Recuerdo que antes de su partida dejó muchos maceteros verdes y relucientes de amor. Siempre nos aconsejaba cuidarlos. Con el mismo cariño con que ella lo hacía. Estoy seguro de que tiene algún signo floral en su actual hogar. Algo que huela a naturaleza y la aproxime a la belleza más noble y celeste. Porque mi madre es de color blanco. Como las plantas que a veces traía. Gustaba olerlas y cuidarlas como a sus hijos. Como a nosotros. 

El jardín es el lugar perteneciente a una casa que se relaciona con la naturaleza. Es un intento por captar la esencia natural del mundo no construido por el hombre. Es aceptar que no podemos hacerlo todo y que necesitamos del aire, suelo y mar para estar tranquilos. Llegada esta reflexión, deseo introducir otra, de tipo filosófica: los existencialistas pesimistas (Sartre y su pandilla) creen que el ser humano no tiene lugar verdadero en la flora y fauna del universo. Entonces, abrumado por el sinsentido de su presencia, en un escenario donde todo parece perfecto (animales y plantas), crea un mundo virtual, inexistente y simbólico. El sistema social, lleno de normas y prejuicios, sería, así, producto de la represión del hombre y su necesidad por pertenecer a un grupo. Ser masa. 

Lo cierto es que el jardín es una zona de tranquilidad y sosiego. Pero también hay matices históricos al respecto. Todos sabemos que la carrera cultural de occidente no es lo misma que la de oriente. Partiendo de ello, estas estructuras naturales no tuvieron (ni tienen) el mismo sentido en Europa y Asia. Muchos concuerdan en que, hastala Edad Media, los jardines tuvieron una función espiritual (además de estética) en ambos bandos. Posteriormente, los de occidente (incluyendo América) anularon el estadio pensativo de estos terrenos y mantuvieron el aspecto artístico. Ello también tiene relación con los parques. Si no, pregúntese si conoce alguien que visite uno para reflexionar. ¿Lo halló? 

Más allá del significado cultural que un jardín pueda tener, es importante detectar las connotaciones personales o familiares que acarrea. No, no sólo me refiero a la explosión amorosa de una pareja encantada (más preciso para el concepto de parque), sino a la tranquilidad espiritual que nos puede transmitir la observación de rojos lirios o la interacción con un par de faunos. “Si cerca de una biblioteca tienes un jardín, ya no faltará nada”, sentenció el pensador romano Marco Tulio Cicerón. ¿Por qué no recuperar, entonces, la significación medieval de la zona? ¿Por qué no leer un cuaderno de poesías mirando al todo natural? ¿Por qué me regocijo cuando veo una flor? 

Se trata de encontrarse con la naturaleza y su mundo encantado. Mi madre, ella admiraba los jardines y besaba las rosas como si fuesen sus hijas. De alguna manera, lo eran. Recuerdo bien esos maceteros fornidos y llenos de verdor que dejó su partida. Porque mi madre es de color blanco, imitada por el tinte celeste de la belleza. De las flores que traía cada día para el gesto de nuestra mesa.

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